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Este elemento se puso de moda a principios del XIX, en las bodas de personajes de gran significación social. Estar invitado a una de estas bodas tenía tanta importancia, que sus asistentes mandaban enmarcar las invitaciones, ó lo que es peor, encargaban falsificaciones a las imprentas para lucir lo que no habían recibido.
La realeza primero, y la nobleza después, comenzaron a entregar placas conmemorativas, como testimonio de la asistencia a los enlaces de sus miembros. Y entonces la tradición dio la vuelta, y lo que antes era importante recibir pasó a ser entregar. Es decir, aquellas parejas que deseaban magnificar su enlace, entregaban un recuerdo al final del mismo.
Hay que entender que se trataba de un momento histórico en el que la alta burguesía contaba con bastantes más medios económicos que la pequeña nobleza, aunque menos poder político y social. Lo que no se conseguía mediante el acercamiento al rey, se buscaba con faustuosas fiestas y poder económico.
En ese contexto, las bodas suponían un lugar perfecto para reunirse, discutir y confabular de forma discreta. Tampoco han cambiado demasiado las cosas: basta recordar que nuestros reyes se conocieron en la boda de otro príncipe, y mucho más cercano tenemos el enlace de Alfonso de Borbón con una rica heredera venezolana, que generó todo tipo de comentarios sobre las conversaciones que se mantuvieron en las distintas mesas de invitados.
Lo cierto es que los recuerdos al final de una boda se popularizaron de tal manera que su uso ha perdido el significado original para convertirse en un detalle estético casi imprescindible.
Como tal, su estilo ha cambiado enormemente con el paso de los años. Resultan ya muy obsoletos aquellos ceniceros de brillante porcelana coloreada con el nombre de los novios. Por el contrario, se imponen los regalos prácticos, como abanicos, tarjeteros, sujeta-bolsos etc; los sutiles, como una pequeña rosa, una vela... o los consumibles, como bombones o peladillas de almendra o chocolate serigrafiadas en azúcar con la fecha del enlace. Y por supuesto los originales como CD's con la música que se ha escuchado en la ceremonia, o con las fotos de los novios con los invitados, o cámaras desechables para que todo el mundo pueda inmortalizar el momento más interesante o divertido. Además en las bodas donde haya abundancia de niños, podréis obsequiarles con una bolsa de "chuches" que seguro agradecerán.
Como siempre, os apunto un pequeño consejo. Pensad que hay personas que asisten en un año a una media docena de bodas o más. Poneros en su lugar, y evitad llenarles la casa de pequeños objetos que impidan limpiar la casa.
Fuente: Para Saber Bodas
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